MUNUS: cómo conseguir apoyos electorales en la Antigua Roma

Prácticamente a cualquier visitante que entra en el anfiteatro de Itálica le vienen a la memoria, prestadas de lecturas o películas, imágenes de uno de los espectáculos más representativos de la civilización romana: las luchas de gladiadores.

 

Parte fundamental de las distracciones de la Antigua Roma, los llamados juegos de gladiadores tenían lugar durante época imperial efectivamente en el anfiteatro. La Edad de los Césares convirtió a estos combates públicos entre seres humanos, que a veces eran a muerte, en un verdadero espectáculo de masas, unos sangrientos reality-shows que eran celebrados con júbilo en las más de 170 arenas del imperio. Itálica, que cuenta con uno de los 4 o 5 anfiteatros más grandes del mundo romano, ni que decir tiene que el más grande de Hispania, no estuvo por supuesto exenta de tales baños de sangre. Los entre 20.000 y 25.000 espectadores que podía albergar su fantástico anfiteatro no constituirían un público mudo; al contrario, rugirían viendo los combates, en un ambiente que recordaría bastante al de un estadio de fútbol actual; así, el público animaría a sus luchadores favoritos al tiempo que abuchearía a los que no les resultaran simpáticos, insultaría al lanista -árbitro- o incluso a una de las personalidades cuyo nombre difícilmente podía ser ni mínimamente criticado fuera del anfiteatro: el emperador. El anfiteatro con sus juegos resultaba ser así prácticamente el único lugar donde el pueblo, la plebe, podía expresarse a sus anchas. Los juegos, el ambiente que generaban, eran así una válvula de escape para soltar tensiones para todas las clases sociales, ya que incluso los esclavos -y las mujeres- podían asistir a los juegos del anfiteatro, aunque fuera en la summa cavea, el graderío superior y más alejado de la arena.

Mosaico Gladiadores Nenning sIII
Mosaico s.III. Villa romana en Nenning, Alemania. Lucha de gladiadores con un lanista («arbitro») en el centro.

El pueblo llano disfrutaba así de momentos de diversión, podía insultar a la autoridad, soltar la agresividad. Pero es que además de esta digamos función de “cohesión social” de los juegos, estos constituía una estrategia de promoción política para las clases más pudientes. Porque, ¿quién pagaba estos juegos? Según una antigua tradición romana, las luchas de gladiadores tienen sus orígenes en los monarcas etruscos a los que luego Roma conquistaría, por lo que serían promovidos los juegos por esos reyes. Es probable que estas luchas efectivamente procedieran de Etruria, donde se recordaba y se representaba, una y otra vez, el episodio de la Ilíada del sacrificio de doce nobles troyanos durante las exequias de Patroclo. La leyenda homérica serviría de ejemplo mitológico que justificaría el sacrificio funerario de prisioneros, permitiéndoles eso sí luchar y morir como valientes. Posteriormente, una vez que Roma conquista Etruria y toma “prestadas” muchas de sus tradiciones locales -como por lo demás hicieron con gran parte de la cultura griega-, durante la República, los políticos romanos ambiciosos decidieron organizar juegos que corrían con sus gastos como medio electoral: el pueblo votaba a aquéllos que organizaban las luchas más soberbias. Se sirvieron para ello esos políticos ricachones de una institución ligada a lo funerario, el munus, una ceremonia religiosa destinada a honrar la memoria del difunto. De hecho, si hacemos caso al historiador clásico Valerio Máximo, el primer combate de gladiadores ofrecido en Roma se llevó a cabo en el Foro Boario hacia el 264 a.C. para honrar con juegos fúnebres las cenizas de un importante ciudadano. Este originario carácter funerario de los primeros juegos se fue perdiendo poco a poco, y  al final de la República ya se habían convertido en un fenómeno político y social de primera magnitud. En la época del Imperio, los césares asumieron en Roma el papel de patrocinadores de todos los juegos, asistiendo a ellos con asiduidad para mostrarse en contacto con sus súbditos y como benefactores del imperio. Según Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.), defensor de los valores de austeridad que caracterizaron a la República, esto de los juegos se había convertido en una locura. A veces, incluso, algún que otro emperador como Nerón bajó a la arena como gladiador, en combates que suponemos terriblemente amañados. Si la gente se alegraba de la celebración de los juegos, más aún lo hacían cuando el emperador, además de distraer al pueblo, hacía como el que lo alimentaba ordenando el lanzamiento de piezas de pan. Panem et circenses, decía el poeta satírico Juvenal, quien con esta expresión revelaba a la posteridad el objetivo último de los sangrientos juegos, que era que la plebe pudiera olvidarse, aunque fuera solo durante las horas que duraban los juegos, de sus problemas del día a día.

 

En época imperial el munus se había convertido así en sinónimo de “regalo al pueblo de un espectáculo”. Al igual que los emperadores, las élites locales de las ciudades más romanizadas del imperio, como Itálica, veían en la organización de juegos el medio de propaganda perfecta para ganarse el favor de posibles votantes. En tiempos de elecciones, el que pagaba los juegos pagaba también a una parte del público para que abucheara a su contrincante y aplaudiera cuando hacía acto de presencia en el pulvinar o palco del anfiteatro, lugar donde se situaba el patrocinador de los juegos. Desde ese lugar privilegiado, porque el que allí se situaba era claramente visible para todos, en el ambiente festivo y glorioso del anfiteatro, con el público en definitiva distraído y obviando sus dificultades diarias, el patrocinador de los juegos parecía la mejor opción. Si sus promesas se cumplían o no después, eso en ese momento no importaba. Al menos, pensaría la plebe, con este tenemos juegos.

 

BIBLIOGRAFÍA :

Cristina Delgado Linacero: “Pan y circo”. Los juegos romanos del circo y el anfiteatro. HISTORIA 16. Nº 270, Madrid, 1998, págs. 90-99.

Hintzen-Bohlen, Brigitte; Sorges, Jürgen: Roma. Arte y arquitectura. Könemman, Colonia, 2001.

M.I. Rostovtzeff: Historia social y económica del Imperio romano (2 vols.), Espasa-Calpe, Madrid, 1972

VV.AA.: Griegos y romanos. Biblioteca de recursos didácticos Alhambra, Madrid, 1994

VV.AA.: Itálica. Cuaderno del profesor. Consejería de Educación y Ciencia, Sevilla, 1990.

Posted on: diciembre 18, 2015, by :

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