YO SOY UN (EXQUISITO) SIBARITA…

Creo que los aficionados al carnaval de Cádiz, (pero esos que conocen la esencia de esta fiesta y se recorren la ciudad disfrutando de las agrupaciones) podrán sin problemas reconocer el arranque de esta coplilla que entonaba una chirigota callejera allá por el 2003, una agrupación llamada ni más ni menos “los sibaritas”. Entre que ya estamos en carnaval y que últimamente estamos paseando mucho por las bonitas ruinas de Itálica, me vino en mente la historia de la mítica Síbaris, población de cuyos habitantes y sus peculiares costumbres nace el dichoso término.

Síbaris era en fin una ciudad situada en la Magna Grecia, que era como los antiguos griegos llamaba a la región del sur de Italia donde tenían sus colonias. Zona de buenos vinos y estupendo clima, esta población de comerciantes fue famosa en el mundo heleno por su lujo y riqueza. Porque, ¿qué es para nosotros hoy en día un sibarita? Lo mismo que para entonces: gente elegante, refinada hasta la exageración, incuso un poquito excéntrica. También son gente que lleva mal eso del esfuerzo, por lo que procuran rodearse de todas las comodidades posibles para trabajar lo mínimo y usar su tiempo en entregarse a todo tipo de placeres. Se estaba tan bien allí que por no moverse no iban ni a Olimpia para participar en los juegos deportivos que unían en un periodo de paz a todas las ciudades griegas, las populares Olimpiadas. Es decir, las celebraban ellos mismos simultáneamente sin salir de casa.

Tumba del Nadador, próxima a Poseidonia (Paestum), colonia de Síbaris, freso de un banquete. 480-470 a.C. Museo Arqueológico de Paestum.
Tumba del Nadador, próxima a Poseidonia (Paestum), colonia de Síbaris, freso de un banquete. 480-470 a.C. Museo Arqueológico de Paestum.

De todos los sibaritas el más famoso era, sin duda, un tal Smíndrides -o Mintrídades, según quién cuente la historia-, que ejemplifica como nadie la ley del mínimo esfuerzo del buen sibarita. El filósofo Séneca, cordobés de nacimiento y romano de cultura, recoge la historia que se decía de él de que al ver a un hombre que cavando levantaba mucho el azadón, se quejó de que este espectáculo le fatigaba y prohibió que semejante faena se hiciese en su presencia. Esto me recuerda mucho a una anécdota que contaba Pericón de Cádiz de una espiocha –un pico para cavar, vamos- que apareció en cierta ocasión en una esquina de la calle Columela al que nadie se atrevía a acercarse ni tocarla, no fuera que les llamaran para trabajar en una obra. Bueno, al tal Smíndrides lo de “eslomarse” definitivamente tampoco iba con él: también se quejaba a menudo de irritación de la piel por haberse tendido sobre arrugados pétalos de rosa en su cama.

Lo cierto es que los sibaritas vivían con todo lujo de comodidades porque previamente habían invertido su dinero e inventiva en crear una ciudad que no requiriese trabajar. Así, se las habían ingeniado para que el vino llegara a través de unas canalizaciones directamente desde el campo a sus casas. Claro que de no hacer nada y preocuparse solo por lo exquisito se degeneraron. Esta atención al lujo excesivo no estaba de todos modos bien vista en general por un amplio sector de la cultura griega, tan gustosa de la armonía y del término medio –por eso, entre otras cosas, es una cultura “clásica”. Un ejemplo: el autor de teatro Esquilo cuenta en su obra Los Persas, civilización rival por cierto y enemiga de los griegos, sinónimo de bárbaros decadente, que la derrota de su rey Jerjes fue el castigo a su arrogancia y orgullo por someter a la naturaleza con ultrajes como la construcción de puentes en el Helesponto -actual estrecho que separa Grecia y Turquía y comunica el Egeo con el Mar Negro- y el trazado de un canal que cruzase la península de Atos, ya en Grecia. El filósofo Platón, hombre rústico y celoso de todo artificio (por cierto que Platón era una especie de mote que significaba “el de anchas espaldas”, por lo que el tipo sería más rural de lo que aparenta su fino pensamiento), se alegró de que fuese finalmente la vecina Crotona, núcleo de la secta pitagórica, organizada como una hermandad ascética –pobre en definitiva, todo lo contrario que los sibaritas, por lo tanto- la que declarase la guerra y destruyera a la arrogante Síbaris en el año 510 a.C.

La victoria fue muy fácil para los de Crotona, no porque si les gustaba poco el trabajo físico a los sibaritas menos les gustaría guerrear, sino por el comportamiento de sus singulares caballos. Y es que la última extravagancia en Síbaris poco antes de esta guerra había sido la de enseñar a bailar a los caballos, inventando lo que podíamos llamar la primera escuela de danza de caballos… algo parecido a lo que se hace en la Maestranza de Caballería de Jerez, por cierto. Los de Crotona, sabiendo esto, solo tuvieron que tocar música adecuada y ver cómo los caballos se ponían a bailar para desarmar a la potente caballería sibarita.

La ciudad al parecer fue entonces arrasada, pero el recuerdo de su peculiar forma de vida perduró en forma de leyenda. Muy probablemente, la historia de Síbaris fuera conocida por un emperador romano del siglo II d.C., amante de lo griego –famoso fue su amante heleno Antínoo- y en general de la cultura griega, cuya familia era originaria de Itálica: Adriano, cuya madre era Domicia Pauliana, nacida en Gades, por lo que algo de gaditano tenía el emperador. La Itálica que hoy vemos es básicamente una ampliación proyectada por este emperador que, con su cerrada barba, se presentaba en su aspecto a sus súbditos más como un filósofo griego que como un militar romano. El barrio adrianeo de Itálica fue habitado por la clase alta, por lo que, como ocurría en Síbaris, raro sería escuchar a un herrero o cualquier ruido molesto. Sus amplias y elegantes calles de aceras porticadas entonces –hoy no, no vayan a Itálica en agosto a ser posible- protegerían del sol a sus habitantes, recordando un poco aquella historia de cómo los sibaritas, para no pasar calor en verano, plantaron árboles que proporcionaban buena sombra en sus calles principales. Pensando ahora en positivo el recuerdo de Síbaris, de alguna manera el refinado urbanismo de Itálica se hizo eco no solo del lujo sino, sobre todo, de la atención a la comodidad de sus habitantes que tuvo aquella ostentosa ciudad griega.

Bien pudo decir entonces Adriano aquello del carnaval de Cádiz: “Yo soy un exquisito Sibarita”.

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
John Onians, Arte y pensamiento en la época helenística. Alianza, 1996
José Manuel Rodríguez Hidalgo, Reflexiones en torno a la Itálica de Adriano. Revista Habis, 1987-1988, págs. 583-590
David Ridgway, El alba de la Magna Grecia. Crítica, 2003
H. y G. Schreiber, Ciudades malditas de la Antigüedad. Un misterio sepultado por la historia. Círculo Latino, 2005

Posted on: febrero 2, 2016, by :

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