Del Verbo Chocarrear, o de Chocarreras Maneras

Para inaugurar el primero de los artículos de lo que llamaremos Historias De Sevilla (que no historia) podríamos haber elegido otro de mayor calado, de más importancia histórica y mitológica, como por ejemplo la fundación de la ciudad por Hércules, o de Julio César y su «Colonia Iulia Romula Híspalis», pero cómo ya hemos dicho, somos diferentes (y raros, raros también). Si además nos habéis seguido medianamente a través de eso que llaman las redes sociales ya intuiréis porque parte de la ciudad nos movemos y el aire que vamos respirando. Y si no lo sabéis os lo decimos: La Zona Norte del Casco Histórico la cual además de vivirla, la investigamos, la disfrutamos y la sentimos más como nuestra. Especialmente ese eje que nos cautiva y nos enamora: San Luis-Feria-Alameda. Esto no significa en absoluto que no abramos nuestras miras a esa zona que también amamos, además lo haremos con nuestro sello especial, el puramente centro cultural e histórico de Sevilla, y es que Sevilla tiene muchos centros. Hace poco mientras salía de una oficina en el Barrio de San Lorenzo, escuché una conversación cercana en la que dos personas se despedían, y una le decía a la otra, yo voy al centro, a lo que la otra preguntó, a que parte, al centro centro, respondió. Teniendo en cuenta que ya estábamos en el Casco Histórico de la ciudad, cuando decimos voy al centro, sabemos a que parte del centro vamos. En resumen, claro que visitaremos y realizaremos historias de columnas para fuera, pero por ahora queremos dar a conocer y visibilizar aún más esta parte del Casco Histórico. Acabando ya con la Introducción, que mientras escribo estas líneas me temo que dicha introducción será más extensa que la propia historia que contaremos, vamos a lo que hoy nos ocupa.

Aunque todavía existe en nuestro maravilloso DRAE el verbo chocarrear, no tiene ni por asomo todo el significado que tuvo en épocas anteriores, al menos en el siglo XVII, y en Sevilla más concretamente. El verbo chocarrear entre los caballeros jóvenes del siglo XVII significaba burlarse de los plebeyos, requerir a las mozas, provocar a los mancebos osadamente y turbar los regocijos. En resumen y utilizando un vocablo más común, meter la pata, cortar el punto, o simplemente incordiar y molestar. Pero lo más llamativo es que esas costumbres no se usaban entre iguales, es decir, prácticamente la inventaron los hijos de las mejores familias y alto abolengo que vivían en la ciudad. Estos, aprovechándose de su privilegiada condición y de la extensa protección que la administración de turno daba a estas castas, se servían de estos actos para divertirse. Esos nobles tenían un derecho no escrito para ofender y maltratar a los menos favorecidos por su condición social, y la plebe padecía de la obligación de sufrir y resignarse a las insolencias de hidalgos y caballeros.

Es costumbre de los ancianos y mayores de cualquier época pensar que la juventud ha perdido esos valores que ellos llevaron por bandera, pues parece que a mediados del siglo XVII en Sevilla era muy común este sentimiento, dirigido especialmente hacia las nuevas generaciones que procedían de altas cunas. Pues es un joven de alto linaje el principal protagonista de esta historia. La familia del noble apellido de Rivera disfrutaba las preeminencias y honores del Adelantamiento mayor de Andalucía, diferentes títulos, señoríos y mayorazgos además de diferentes cargos en el cabildo y regimiento de Sevilla. De esta casta provenía quien nos ocupa, Don Pedro de Rivera, hijo del Conde de la Torre, de mismo nombre (y nieto del insigne Perafan de Rivera). Por eso al personaje que nos ocupa hoy, aparece en algunas ocasiones en las crónicas de la época como Don Pedrito de Rivera, quien al parecer era conocido por chocarrear continuamente en los barrios pobres, y así atropellar el decoro de las mujeres, cansar la paciencia de los hombres y producir serios conflictos alimentando así el odio común del pópulo contra la gente distinguida.

Don Pedrito, solía acompañarse de dos secuaces de su misma condición para realizar sus “aventuras chocarreras”.
Así que lo situamos ya el día que tiene lugar esta historia junto al primogénito del Conde de Arenales, Juan de Hinestrosa y Lorenzo Miranda el Domingo 15 de Mayo de 1639.

Paseaban estos tres por la Calle Abades, después de pasar las primeras horas de la noche entre un grupo de como dicen las crónicas damas libres, portaban de la casa donde habían estado por gracia de D. Pedrito una caña larga, algo así como el palo de una escoba. Llegaron a la altura de una vivienda en la que vieron las luces débiles que provenían de dentro de la estancia, y sabiendo perfectamente a quien pertenecía esa morada, al señorito Don Pedro se le ocurrió un singular divertimento. Allí vivía el Obispo Don Luis de Camargo, auxiliar de la metrópoli, dignidad y canónigo de la Santa y Patriarcal Iglesia.

Cada uno de los tres tomó posiciones según el plan de Don Pedrito, quien aproximándose a la ventana del Sr. Camargo se situó debajo de esta. A la derecha de la ventana del obispo los dos secuaces cogieron sus espadas, y empezaron a simular una pelea chocando sus aceros. Cada vez se iban acercando más a la ventana hasta que consiguieron llamar la atención del Obispo, quien abandonó lo que estaba haciendo y se acercó a la ventana para ver que sucedía. En este momento D. Pedro, remedando la voz angustiosa y entrecortada de un hombre moribundo, exclamó con desesperado esfuerzo:
—Confesión; que me muero! ¡Confesión por Dios, Señor Obispo!…. ¡Socorro, Señor Camargo!
Al oír estas súplicas el Señor Obispo abrió la ventana y asomó la cabeza, momento en el que Pedro de Rivera descargó tres cañazos sobro ella, con una explosión de burlona risa, coreada por sus dos amigos. El Sr. Camargo se retiró de la ventana y sin mostrar ni un ápice de cólera ni enfado, dijo a sus ofensores con sentenciosa solemnidad:
—Id en paz, y a Dios lo dejo.

Estos tres amigos, no sabemos si azotados por la culpa o temerosos de las palabras del obispo, se fueron en dirección Norte, pasando por la Plaza del Pan y en dirección a la Alameda de Hércules, lugar que también frecuentaban nuestros personajes.

En este momento de la historia al Norte de la Alameda, aproximadamente donde hoy están las columnas de los leones (si acaso, algo más al Norte) se encontraba la llamada Cruz de Rodeo, una cruz de humilladero, de remota fecha (al menos desde 1502), de hierro y sobre pedestal, y que era una de las catorce que componían la estación de la vía crucis, devotamente recorrida en la semana santa por los fieles. El otro posible origen del nombre es que tenía inscrito en su base el Vía Crucis y para llevar a efecto estos piadosos actos, los vecinos y cofradías rodeaban la cruz (realmente las dos teorías se complementan) Cerca de esta Cruz, más o menos donde hoy acaba Peris Mencheta en la Alameda estaba situado un famoso horno de pan, dirigido por un tal Navarro, casado y mayor de cuarenta años. Su establecimiento surtía a una gran parte de los vecinos del barrio de la Feria, abasteciendo también de bizcochos a los tripulantes de los buques que se hallaran en el río. Tenía contratadas a un buen número de mujeres, amasadores, horneros y dependientes, que tenían por costumbre reunirse de noche en semicírculo frente a la puerta y disfrutar de ratos largos de cante y baile, para aprovechar la buena temperatura primaveral, y descansar de su duro trabajo.

Pues eran ya las once de la noche del citado domingo 15 de mayo, y como ya era costumbre se había formado una extensa reunión a la puerta del horno de Navarro, cantando y bailando. Era aquella una escena de familia: un verdadero cuadro patriarcal. Un corro de sillas marcaba el espacio de los bailadores y de los cantantes, y al exterior de este círculo se agrupaban los espectadores, sin derecho a jalear, ni opción a mezclarse en los avatares de la fiesta, pero tolerados en gracia a la invasión del festejo en terreno del dominio público.

“Ya era la última hora del sarao plebeyo, y apenas quedaban espectadores de pie en torno de la fila de sillas cuando una sensación ingrata puso fin a las expansiones y turbó la franqueza de aquellas buenas gentes. De pie, formando un tridente amenazador, con la insolencia en el semblante, la burla en el ademan, y el desprecio marcado en su actitud altiva, vieron los hombres y mujeres llanos del horno a los tres caballeros que hacía ya algunas noches venían a mezclarse en sus festejos, chocarreando con las mozas y pretendiendo dirigir el curso de la fiesta, como si tuviesen legítimo dominio señorial sobre aquellos plebeyos, o cual si estos debieran servir de diversión y mofa a sus antojos”

Don Pedro fue el primero en inaugurar las agresiones.
— ¡Basta de plática! exclamó con tono de mando. Salga a bailar una pareja y empiece lo bueno.
Un silencio profundo siguió a esta orden arbitraria, nadie dijo nada
—Ola! Eh! repitió el descomedido Rivera ¿Están sordos o tendré que repetir la prevención?
—Sigan su camino, caballeros, y cada oveja con su pareja, como lo dice el refrán. Contestó Galindo, persona a quien Navarro, dueño del establecimiento, había dejado al mando mientras este cenaba.
Hicieron caso omiso de Galindo, empezaron también a chocarrear a las damas
— ¡Basta de chocarreo, señores! exclamó un oficial del arte menor de la seda, novio de una las damas en cuestión, poniéndose frente a Rivera, y a punto de sacar las espadas estos tres, Galindo pudo interponerse entre el irritado y los hidalgos, diciendo a estos últimos con acento vibrante:
—No tienten a Dios, y retírense. Es bien duro que vengan a buscarnos una pesadumbre.
Navarro, avisado por su mujer de la llegada importuna de los rondadores, bajó provisto de una daga, y dispuesto a castigar tanta provocación. Se aproximó a ellos y con voz agitada les dijo:
— ¿Se han propuesto sus mercedes hacer escarnio todas las noches de mí y de los míos?
En este momento salieron más trabajadores del horno, bien armados con enseres de hierro, por lo que Don Pedrito, viéndose superado en número instó a sus compañeros:
—Pronto! A la cruz! A resguardar las espaldas. No perdamos tiempo. A la cruz digo.

Los tres jóvenes emprendieron la carrera a la vez y en dirección a la Cruz del Rodeo, donde se agruparon para recibir mejor el ataque de sus enemigos y tener la cruz a sus espaldas. Tanto Navarro como Galindo eran hombres que tenían bastante que perder en las desagradables consecuencias que podía esta revuelta provocarles, así que aprovecharon para retroceder en el impulso de la pelea. Además consiguieron calmar a los restantes para que no fueran a batallar contra aquellos nobles, que seguían en la Cruz de Rodeo esperando a sus rivales.

Cuando parecía que todo acabaría en este momento, la casualidad, la providencia o lo que quiera que fuese introdujo nuevos actores en la escena. En aquel momento justo pasaron por allí, de regreso al barrio de San Clemente, una cuadrilla de veinte oficiales del arte de la seda, afincados en su mayoría en Lumbreras. Los tejedores venían de asistir a una boda, celebradas en el barrio de la Feria por lo que venían con el ánimo excitado, y había entre ellos un tal Cristóbal de Paredes, que hacía las veces de líder por su carácter bravo y atrevido. Cuando llegaron a la altura del horno se encontraron con Navarro calmando al resto para que no acudieran a la pelea. Al enterarse de los sucedido, y señalándole alguien la cruz de humilladero donde se encontraban los tres nobles, actuó tan rápido como le dictó su instinto. Cristóbal de Paredes desnudó su espada y sus acompañantes acostumbrados a seguir el impulso de a quien tenían por líder, cogieron sus armas.
—A ellos, amigos, y mueran los tres, gritó Cristóbal precipitándose hacia la cruz del Rodeo, capitaneando a sus veinte subordinados en la empresa homicida.

El hijo del conde de Arenales, viendo avanzar aquella cuadrilla emprendió la fuga. Así que la cuadrilla de tejedores, con tan sólo dos rivales inició el combate. Al primer choque hicieron saltar el acero de la mano al compañero de Rivera, atravesándole un brazo y dejándole sin sentido. Y finalmente fue el propio Cristóbal de Paredes quién atravesó de una estocada al infortunado D. Pedrito, que vino a tierra sin articular una palabra, ni hacer un movimiento ya sobre el polvo ensangrentado, y ahí quedó su cadáver, a los pies de la Cruz del Rodeo.

Sin título

Por este hecho fueron condenados los siguientes implicados, Navarro y Galindo a galeras, y Cristóbal Paredes fue condenado a la horca, debiendo sufrirla precisamente en un patíbulo, alzado en la esquina del horno y a la vista de la cruz del Rodeo.

Cuenta la leyenda que fue la familia de Don Pedro quien mandó quitar la Cruz de Rodeo y levantar la ermita de Ntra. Sra. del Carmen y Sta. Cruz del Rodeo en memoria de su hijo, pero esto lo tenemos que descartar ya que no aparece en ninguna crónica, y es difícil creer que tan opulentos y magníficos señores consagraran a un suceso tan notable una ermita pobre, sin apenas decoración, y falta de dotación para el culto. Además los Riveras desde muy antiguo eran insignes patronos del monasterio de Cartuja, donde tenían enterramiento propio, y allí también era natural que dirigiesen el descanso del infortunado joven.

Al parecer poco después del suceso a los pies de la Cruz, Juan de Hinestrosa, fue a pedir compasión al obispo Don Luis Camargo, pues todavía retumbaba en su ser aquella frase que el obispo les dirigió aquella noche fatídica. Le pidió su bendición al obispo, también para su compañero herido, y el obispo aceptó. Aun así, parece ser que tiempo más tarde, mientras entraba en el Alcázar Juan de Hinestrosa a petición de su padre para hablar con el asistente de la ciudad sufrió un ataque súbito y cayó muerto de causa natural. También a Lorenzo Miranda le vino el infortunio producto de nuevamente chocarrear a una dama durante las fiestas de carnavales en la Alameda, a lo que el novio de esta lo desafío, pelearon y Juan calló muerto cual designio divino se hubiese cumplido al acabar paulatinamente con la vida de los tres camaradas que comenzaron juntos aquella noche fatídica del Domingo 15 de Mayo de 1639.

Fuentes y nota a las fuentes:
La Cruz del Rodeo. Estudio Histórico José Velázquez y Sánchez 1864
Tradiciones y Leyendas de Sevilla. José María de Mena. 1975, Edición de 2008.
El Drama de la Cruz del Rodeo. Hemeroteca ABC SEVILLA-19.07.1946-página 5

Personalmente, el que escribe cuando lee algún artículo, sea leyenda o historia, no me parece de buen agrado no encontrar las fuentes de las que se ha servido quien fuera para escribir dicho artículo, es por eso, que desde GuiArte siempre ofreceremos las fuentes que hemos consultado.

Posted on: octubre 22, 2015, by :

2 thoughts on “Del Verbo Chocarrear, o de Chocarreras Maneras

  1. Perafan de Rivera, noble al que se le debe la creación del pueblo de Paterna de Rivera e indirectamente pues, de la petenera.
    Salud!

    1. Gracias Romualdo por tu comentario. Buena relación de causas para llegar a uno de los palos más enigmáticos del flamenco, pués hay varias teorías sobre su origen, además de la creencia de que es un cante que atrae la mala suerte, o el mal fario. Además una de las figuras del flamenco que revalorizó este estilo fué la Niña de Los Peines, quien vivía en la Calle Caltrava, muy cerquita de donde estaba situada la Cruz del Rodeo, lugar donde halló la muerte el nieto de Perafan de Rivera.

      Saludos!

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